El sol de la tarde entraba a través de las ventanas de madera, deslizándose como un susurro dorado sobre cada rincón. Ella sostenía la botella entre los dedos, no como un objeto cualquiera, sino como si guardara en el vidrio transparente los instantes que aún no habían ocurrido.
Su mirada, perdida en algún horizonte invisible, parecía escuchar una melodía que solo ella podía oír. Quizás era el viejo tocadiscos que, silencioso, esperaba volver a girar. Quizás era su propio corazón, dictando un compás secreto.
En aquella penumbra tibia, los libros en la estantería guardaban palabras de otros tiempos, pero ninguna más cierta que la que flotaba en el aire: el amor es un refugio sencillo, hecho de luz, calma y la promesa de que alguien, en algún lugar, piensa en ti.

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